Neil Dorfsman, el ingeniero invisible detrás del disco perfecto.

Pones Brothers in Arms y, a los pocos segundos de comenzar «So Far Away», ocurre algo maravilloso.
La voz de Mark Knopfler aparece firme y cercana, prácticamente delante de nosotros. El bajo tiene profundidad, pero no invade. La batería conserva pegada sin aplastar el resto de la mezcla. Las guitarras parecen flotar en un espacio propio y cada instrumento encuentra su sitio sin necesidad de levantar la voz. Incluso los silencios parecen estar cuidadosamente colocados.
Más de cuarenta años después de su publicación, Brothers in Arms continúa siendo uno de esos discos que invitan no solamente a escuchar las canciones, sino también a escuchar cómo están hechas.
Y detrás de buena parte de esa extraordinaria arquitectura sonora hubo un hombre cuyo nombre rara vez aparece cuando se habla del éxito de Dire Straits: Neil Dorfsman.
Ingeniero de grabación, coproductor junto a Mark Knopfler y uno de los grandes responsables de que aquel álbum de 1985 siga siendo utilizado décadas después para poner a prueba equipos de alta fidelidad.
Pero para comprender por qué Brothers in Arms suena así hay que viajar hasta una pequeña isla del Caribe y entrar en uno de los estudios más singulares de su tiempo.

Un estudio en mitad del Caribe
A finales de 1984, Dire Straits llegó a AIR Studios Montserrat, el estudio que George Martin había construido en la isla caribeña.
Las sesiones comenzaron en otoño de 1984 y se prolongaron hasta comienzos de 1985. Sobre el papel, aquel era un lugar privilegiado para realizar un gran disco: lejos de Londres, apartado de las distracciones habituales y equipado con tecnología de primer nivel.
Sin embargo, la sala de grabación no era precisamente gigantesca. Dorfsman recordaría posteriormente que el espacio principal era relativamente pequeño y ofrecía pocas posibilidades de aislamiento entre los músicos. Eso obligó a recurrir frecuentemente a microfonía cercana y a distribuir instrumentos y amplificadores por todos los rincones disponibles.
Pero AIR Montserrat escondía un de sus más preciadas joyas: la imponente Neve 8078.

Para Dorfsman, aquella consola era una parte fundamental del sonido del estudio. A través de ella pasaron baterías, bajos, guitarras y voces antes de llegar al elemento que convertía aquellas sesiones en algo especialmente avanzado para 1984: una grabadora digital Sony PCM-3324 de 24 pistas.

Brothers in Arms estaba entrando en territorio prácticamente desconocido.
Cuando grabar en digital era una aventura
Hoy, grabar música en digital es absolutamente normal, pero en 1984 aún era un terreno sin explorar.
La cinta analógica seguía siendo el corazón de innumerables grandes estudios y muchos ingenieros desconfiaban todavía de los nuevos sistemas digitales. Mark Knopfler, sin embargo, estaba fascinado por las posibilidades de la tecnología aplicada a la música. No buscaba utilizarla como reclamo publicitario. Buscaba mejor sonido. Por eso decidió probar el sistema digital de Sony.
La PCM-3324 utilizaba cinta magnética de media pulgada para almacenar 24 pistas de audio digital. Ofrecía unas posibilidades extraordinarias, pero también planteaba problemas que hoy parecen casi arqueología tecnológica.
Por aquel entonces no había una pantalla de ordenador con cientos de pistas ordenadas, ni un botón para deshacer una edición errónea, ni copias de seguridad almacenadas directamente en la nube.
La tecnología podía fallar.
Y de hecho, falló.
Durante la realización del álbum aparecieron problemas relacionados con las cintas digitales y parte del material tuvo que recuperarse o rehacerse. Más tarde, durante las sesiones adicionales realizadas en Power Station, Nueva York, llegó otro susto memorable: una parte de saxofón registrada por Michael Brecker para «Your Latest Trick» desapareció debido a un problema del sistema digital.
Consiguieron recuperarla. Eran los problemas de la nueva tecnología aplicada a la música, pero el sistema aún no estaba lo suficientemente desarrollado como para ofrecer las máximas garantías.
Una precisión que empezaba delante del micrófono
Sería fácil atribuir la claridad de Brothers in Arms a la grabación digital, pero también sería un error dejar en la técnica todo el mérito de su inmortal leyenda. El verdadero trabajo comenzaba mucho antes.
Dorfsman utilizó una combinación extraordinariamente cuidada de micrófonos. En la batería aparecieron, entre otros, Sennheiser MD 421 para los toms, Electro-Voice RE20 y AKG D12 para el bombo, Shure SM57 y AKG C451 en la caja y Neumann U87 destinado a recoger ambiente.
El piano fue aislado en una pequeña cabina y registrado mediante AKG C414.
El amplificador del bajo de John Illsley terminó también encerrado en una pequeña cabina, combinado con una señal directa y un Neumann U47 FET.
Y las guitarras de Knopfler utilizaron distintas combinaciones de Shure SM57, AKG C451 y Neumann U67.
Ahí reside una de las grandes lecciones del disco.
La claridad no se consiguió arreglando posteriormente una mezcla saturada de elementos. Se construyó desde la grabación. Cada sonido tenía que llegar a la consola con personalidad propia.
El secreto de una batería que respira
La batería constituye uno de los elementos que ayudan a explicar la extraordinaria sensación de espacio que tiene el álbum.
Terry Williams comenzó las sesiones como batería de Dire Straits, pero Knopfler y Dorfsman no terminaban de encontrar en algunas interpretaciones el carácter que necesitaban las nuevas canciones. La solución fue llamar a Omar Hakim, músico extraordinario procedente del jazz y la fusión, quien llegó a Montserrat y realizó sus partes de batería en apenas unos días.
Su forma de tocar cambió la respiración del álbum.
En lugar de intentar llenar constantemente el espacio, muchas canciones permiten que la batería dialogue con el bajo, los teclados y las guitarras. Hay aire entre los golpes, hay dinámica, hay pequeños espacios donde aparentemente no ocurre nada. Y precisamente por eso ocurre tanto en tan poco.
Escuchemos «Why Worry» con atención.
Buena parte de la sensación de profundidad procede de un método que posteriormente desaparecería de innumerables producciones modernas: nadie parece esforzarse por ocupar el máximo espacio disponible.
«Money for Nothing»: el sonido perfecto nacido de un accidente
Y llegamos a una de las guitarras más reconocibles de los años ochenta: el riff de «Money for Nothing».
Knopfler buscaba un sonido potente, inspirado en parte por el carácter de las guitarras de ZZ Top. Estaba utilizando una Gibson Les Paul conectada a un amplificador Laney mientras Dorfsman trabajaba con la colocación de los micrófonos.
Y ocurrió algo inesperado.
La configuración todavía no estaba terminada. Los micrófonos no estaban colocados como Dorfsman habría considerado técnicamente correctos: uno apuntaba parcialmente hacia el suelo, otro no estaba exactamente frente al altavoz… Pero desde la sala de control aquello sonaba espectacular, así que hicieron algo que distingue a los grandes técnicos de quienes solamente se guían por teoría y manuales: no modificaron nada.
El extraño desfase producido por aquella colocación accidental contribuyó al carácter hueco, agresivo y tridimensional de la guitarra. El imprevisto se convirtió en sonido y aquel sonido terminó formando parte de la historia del rock.
Es una paradoja maravillosa dentro de un álbum famoso por su perfección técnica, pero uno de sus sonidos más emblemáticos nació precisamente de una imperfección.
El estudio también es un instrumento
Brothers in Arms demuestra que ingeniería y música no son disciplinas separadas.
Cuando Dorfsman decidía dónde colocar un micrófono, estaba tomando una decisión musical. Cuando dejaba respirar una guitarra, estaba arreglando la canción. Cuando Knopfler tocaba más suave, era porque sabía que el sistema conservaría todo el detalle reaccionando con la tecnología del momento.
Producción, interpretación e ingeniería comenzaron a mezclarse hasta resultar imposibles de separar.
Esa puede ser una de las razones por las que el disco sigue envejeciendo tan bien. No intenta impresionar permanentemente, no todo está al máximo volumen, no todo se encuentra en la zona de delante. Existe profundidad, primer plano y fondo. Existe silencio… y existe dinámica.
Una mezcla sorprendentemente moderna
Tras las sesiones principales de Montserrat se realizaron grabaciones adicionales en Power Station, Nueva York, utilizando una consola SSL E-Series junto al sistema digital de Sony.

La mezcla final se realizó posteriormente en AIR Studios de Oxford Street, en Londres, también sobre SSL.
Y aquí aparece otro aspecto fascinante de Brothers in Arms: el disco se encuentra exactamente en la frontera entre dos épocas. Abandonaba lo analógico para dar el salto al audio digital, proporcionándole limpieza, estabilidad y precisión.
Las grandes consolas analógicas aportaban carácter, control y una determinada forma de trabajar el sonido, mientras el nuevo sistema de grabación digital era tan inexplorado como arriesgado. Pero Dorfsman y Knopfler no plantearon aquella relación como una guerra entre «analógico» y «digital». Simplemente utilizaron lo mejor que tenían disponible con una filosofía sorprendentemente actual.

Un disco pensado para el Compact Disc
Cuando Brothers in Arms apareció el 17 de mayo de 1985, el Compact Disc apenas estaba comenzando su conquista del mercado. Aquel álbum se convirtió en uno de sus mejores embajadores, no sólo por su sonido, sino también por su duración.
La edición en CD ronda los 55 minutos, mientras que la versión original en vinilo tuvo que utilizar versiones más cortas de varias canciones para poder acomodar el programa musical en un único LP.
«Money for Nothing», «Your Latest Trick», «Why Worry» y otras piezas, presentan diferencias de duración dependiendo de cada edición.
De repente, el CD no sólo prometía menos ruido de superficie y mayor rango dinámico. También permitía escuchar más música y Brothers in Arms parecía haber sido creado para demostrarlo.
La combinación resultó explosiva.
Se convirtió en el primer álbum de la historia en superar el millón de copias vendidas en Compact Disc y fue uno de los títulos que ayudaron a transformar aquel nuevo soporte, todavía asociado en buena medida al público audiófilo, en un producto de consumo masivo.
Para muchos compradores de mediados de los ochenta, escuchar Brothers in Arms en un reproductor de CD nuevo debió de ser una experiencia inolvidable.
Silencio de fondo.
Separación.
Ataques limpios.
Graves definidos.
Y una guitarra que podía aparecer casi físicamente entre los altavoces.
Mucho más que un disco para audiófilos
Sería injusto, sin embargo, reducir Brothers in Arms a una extraordinaria grabación. Nada de aquello tendría importancia si debajo de la ingeniería no hubiera canciones.
«So Far Away» abriendo el álbum con aparente sencillez.
«Money for Nothing», con Sting aportando el célebre «I want my MTV», une uno de los riffs definitivos de los ochenta con una producción monumental.
«Walk of Life» ofreciendo luminosidad y sencillez pop.
«Your Latest Trick» creando un ambiente nocturno prácticamente cinematográfico.
«Why Worry» demostrando hasta qué punto una producción puede emocionar sin necesidad de levantar la voz.
«Ride Across the River» explorando territorios atmosféricos.
Y «Brothers in Arms» cerrando el álbum casi en las antípodas de «Money for Nothing»: guitarra, espacio, oscuridad y una interpretación contenida que convierte la canción en una de las piezas antibélicas más recordadas de Knopfler.
Precisamente ahí está la grandeza del álbum. En él, la tecnología nunca se convierte en protagonista, sino que está al servicio de las canciones.

El Grammy para el hombre situado detrás del cristal
La industria terminó reconociendo aquel trabajo y en los Grammy de 1986, Neil Dorfsman ganó el premio a la Mejor Ingeniería de Grabación —categoría no clásica— por Brothers in Arms.
Era un reconocimiento especialmente significativo, porque cuando la ingeniería de sonido funciona realmente bien, ocurre algo paradójico: dejamos de percibirla. No pensamos en micrófonos, previos, convertidores, ecualización… Simplemente, escuchamos música y nos dejamos llevar por ella.
Dorfsman consiguió precisamente eso.
¿Por qué sigue sonando tan bien cuatro décadas después?
Quizá ésta sea la pregunta verdaderamente interesante.
La tecnología utilizada para grabarlo está ampliamente superada sobre el papel. Cualquier ordenador doméstico actual puede manejar resoluciones, número de pistas ilimitadas y posibilidades de edición inimaginables en 1984. Sin embargo, innumerables grabaciones actuales no producen la misma sensación porque la resolución no crea profundidad, el número de pistas no dibuja el espacio, un plugin no crea automáticamente una buena toma y disponer de rango dinámico no significa saber utilizarlo.
Brothers in Arms funciona porque detrás de la tecnología existe una sucesión extraordinaria de decisiones, de saber qué tocar y qué no tocar, de un micrófono colocado en un punto estratégico, de cuándo aprovechar un imprevisto, de saber cuánto espacio debe quedar alrededor de una voz. Y todo eso se cumple en este maravilloso disco.
La prueba definitiva: cerrar los ojos
Hay una forma muy sencilla de entender por qué Brothers in Arms continúa siendo una referencia musical cuatro décadas después de su estreno.
Escucha «So Far Away».
Después «Your Latest Trick».
A continuación «Why Worry».
Y termina con «Brothers in Arms».
No mires ningún analizador, no compruebes frecuencias, no pienses en bits ni en hercios.
Cierra los ojos.
Si el equipo está bien ajustado, los altavoces empezarán a desaparecer.
La voz ocupará su lugar y el bajo aparecerá debajo de ella sin devorarla.
Las guitarras tendrán profundidad.
Los pequeños detalles surgirán desde distintos planos y el silencio existente entre dos notas formará también parte de la música.
Eso es ingeniería de sonido. No es necesario que el oyente piense: «Qué buena grabación», sino conseguir que durante unos minutos olvide que está escuchando un disco para convertirlo en una auténtica experiencia.
Mark Knopfler escribió, interpretó y produjo junto a Dorfsman una obra extraordinaria y Dire Straits convirtió aquellas canciones en uno de los mayores fenómenos musicales de los años ochenta. Pero no hay que olvidar que detrás de aquella voz, aquellas guitarras y aquel inmenso espacio sonoro estaba también Neil Dorfsman, escuchando, moviendo cada micrófono unos pocos centímetros, decidiendo cuándo intervenir y, quizá lo más importante, sabiendo cuándo era menor no hacerlo.
Así que, la próxima vez que un disco te emocione, te haga olvidar los altavoces y sientas que el artista se encuentra frente a ti, mira más allá de la portada y revisa los créditos, porque quizá el héroe no esté en primera línea. Es posible que estuviese detrás del cristal, en la cabina de control, escuchando cada detalle para que hoy puedas disfrutar de un trabajo espectacular y único en la tranquilidad de tu casa.
